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NAVIDAD ESPAÑOLA

Que no nos quiten la sagrada herencia de una tradición milenaria.

Navidad en España. Muchas calles de nuestras ciudades, pueblos y aldeas, se llenan de bulliciosa algarabía infantil. Panderetas, risas, zambombas, alfajores, gaitas, saltos. tambores, alegría, mucha alegría.

Como escribió mi admirado Manuel Alcántara «Ya está ese Niño recién naciendo por diciembre…». entre ríos de papel de plata, montañas de corcho y estrellas de papel. ¿Tópico? No, no por Dios. Ni hablar. Se trata de la tradición más antigua que sigue, con plena vigencia en nuestros días. Un legado que pasa de padres a hijos. De generación en generación se viene sucediendo cada año la conmemoración del Adviento cristiano, que culmina el 25 de diciembre, con el nacimiento del Mesías. Marcando un antes y un después en la historia de la humanidad.

Y es que la Navidad en nuestro querido país, empieza a celebrarse en el año 529, cuando el emperador Justiniano decretara el día 25 del último mes del año, como la fecha del alumbramiento de Jesús, en todo el Imperio romano, bajo cuya circunscripción se encontraba la península ibérica.

O sea que, según este dato, hace la friolera de 15 siglos que celebramos tal acontecimiento.
La Navidad es portadora de los más nobles sentimientos del ser humano: la bondad, el amor, la paz y la alegría. Todos ellos, forman parte de la esencia misma del español y de la española de bien. Y del Consumo, con mayúsculas, que dirían algunos. El Consumo, sí, claro que sí. El Consumo que mueve los dineros para poder hacer llegar un trozo de turrón al hogar más humilde. Estamos en una civilización que subsiste bajo el sistema de libre mercado y el Consumo es el motor que impulsa a la sociedad del bienestar. Un buen pavo es compatible con un alma cristiana. Las avenidas y plazas se engalanan con originales ornamentos, luce el brillo de los escaparates, las luces adoptan las más bellas formas artísticas para iluminar las ciudades. En fin, una Fiesta como Dios manda, en el fondo y en la forma.

Es verdad que hace años, como consecuencia de la inevitable globalización mundial, se ha ido incrementando cada vez, más, la influencia de otras Navidades en la nuestra, con símbolos como los renos, los papás noeles, etc. Pero los hemos ido aceptando como nuestros, al fin y al cabo, pertenecemos a la llamada aldea global y, además, gracias a Dios, no han alterado la esencia de nuestras tradiciones.

A lo largo y ancho de nuestra piel de toro, la Navidad adopta maneras muy diferentes de celebrarla, según se trate de una Comunidad u otra. Por ejemplo, Cataluña, con representaciones de Els Pastorets, juegos como el «cagatió», su escudella i carn d’olla, sus neules. En Euskadi, el Olentzero, el monumental Belén con 200 figuras de tamaño natural de Vitoria Gasteiz, el pastel de cabracho o las tejas de Tolosa.

En Madrid, el animado mercado navideño de su Plaza Mayor, la lotería de doña Manolita, la lombarda con tocino o el besugo al horno. En Andalucía, sus villancicos con zambombas y panderetas, su pavo relleno, polvorones, alfajores, mantecados… En Galicia, la tradición celta de la quema del tronco, los cánticos de panxoliñas, el capón de Villalba, sus suculentos mariscos, su incomparable orujo.

En el Principado de Asturias son típicos los aguinalderos y las mascaradas en las calles y en las mesas, el pitu de caleya, el cabrito a la sidra, las dulces casadielles… Y así podemos recorrer toda nuestra geografía, sorprendiéndonos a cada paso, con las entrañables costumbres y la variada gastronomía de este pueblo sabio, ahora mas unido que nunca y con un espíritu común: el culto y la pasión por esta secular Fiesta.

Tal riqueza de tradición navideña hay que preservarla ante la gran oleada de laicismo y de obcecada fiebre rupturista que nos invade y que amenaza con degradarla y con favorecer su extinción. Como ejemplo, baste citar el polémico Belén que se instaló en la Plaza de San Jaime de Barcelona.

Una iniciativa progre del Ayuntamiento de la ciudad condal, que consistía en colocar un montón de cajas de cartón apiladas, conteniendo algunas figuras sueltas del Pesebre, junto a diversos objetos y artilugios, con la incorporación de una posible interactividad, pero muy lejos del tradicional Belén de los cristianos. Una muestra del mal gusto imperante y sobre todo una falta de respeto a la sensibilidad de las decenas de miles de creyentes. Y un atentado a la cultura belenística que siempre ha tenido un profundo arraigo entre los barceloneses.

Ese descabellado empeño en desnaturalizar la Navidad no tiene ningún sentido. La pretensión de hacerla de perfil laico; celebrando la Fiesta sí, pero otro tipo de fiesta, apartándose de sus auténticas raíces. Si no les gusta que no participen de ella, pero que no tengan la desfachatez de sustituirla por otra cosa que no contemple su verdadera razón de ser: el nacimiento de Dios, hecho hombre.

Pese a quien pese y contemplando su rica diversidad, este país llamado España, todos los años hace de la Navidad su única patria.

Por: Juan José Lagares

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