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THE GENTLE ART OF BRANDYING

LA NUEVA BUENA COSTUMBRE DE BRINDAR CON BRANDY

“Es la bebida espirituosa obtenida a partir de aguardientes de vino (…), envejecida en recipientes de roble durante al menos un año, o seis meses si la capacidad de las botas fuera inferior a mil litros, que contiene una cantidad mínima de sustancias volátiles (…) y que proceden exclusivamente de la destilación o redestilación de las materias primas tratadas”… ¡Qué selección tan afortunada! Vino, espíritus, aguardiente, botas, barricas, litros, destilación… ¡placer! La sobremesa ha ido dorándose, terminándose con los siglos. En la Edad Media se comía dos veces al día: al amanecer y al medio día. Pero las sobremesas se prolongaban hasta el anochecer. Se bebían en ellas vinos dulces, vinos palestinianos y, más tarde, vinos griegos. Pero las sobremesas se van haciendo cada vez más largas, llegando hasta la noche.

Carlos I de España y V de Alemania, un foodie histórico y de pro, come a las 11 y cena las 7 de la tarde. En sus sobremesas se
sirven dulces con miel, los primeros pasteles con el regalo Real del azúcar, y vinos afrutados. Hoy en día, gracias al descubrimiento la sobre
mesa se completa con tabaco –cada vez menos-, café –cada vez mejores- y licores –de moda, el brandy-.

LA NUEVA BUENA COSTUMBRE DE BRINDAR CON BRANDY

Aldous Huxley escribió: “Tomó un sorbo de brandy e hizo que el licor recorriera toda la boca; en la lengua y en el paladar consumaba el más feliz de los matrimonios con el adherente aroma del cigarro”. Porque el brandy apaga las materias acres y molestas del tabaco y desarrolla su suavidad y recuerdo. El café, copa y puro se considera un happy end gastronómico, sinestésico y, desde luego, marca estilo.
Pero hay liturgia, siempre para mejorar la experiencia, y para diferenciarse de otros destilados o colas locas. Porque hay mucho branding en el brandy. Y antes de degustarlo, expliquemos que este destilado del vino

toma su nombre del Brand wein, o Brandewijn, que significa, vino quemado; esto es, destilado. Son famosos los de Cognac y Armagnac, con esos nombres por su origen; pero sobre todo somos expertos en España, con brandys desde Jerez hasta Cataluña. Una leyenda, como es menester en estos asuntos, atribuye el inicio del comercio de brandy en España a un retraso en el embarque de un cargamento de aguardiente con destino a Holanda; el vino destilado reposó durante más tiempo del estimado en las botas de roble que antes habían contenido vinos de jerez. Ahí se añejó, se acomplejó, en el mejor de los sentidos, y se convirtió en finura y sabor. Si el fino es el sol de Andalucía embotellado, este Brandy –de Jerez- habría sido ese precioso y colorido crepúsculo atardecer andaluz.
En cuanto a la puesta en escena, una vez elegido el brandy y, si es de los que tienen, la añada, hay que esperar una especial presentación de la copa, templada con agua caliente, como dice Julio Camba “casi a temperatura humana”, y después vertir el brandy en la copa, pero sin sobrepasar nunca su parte más ancha. Es ahí donde el brandy va a susurrarnos las ideas y chismes de una buena sobremesa, en la máxima extensión de la copa, que es ancha y chata, pero que se cierra para dirigir los aromas, y el alcohol, concentrado, hacia fuera, para que no sólo disfrutemos del brandy en la boca sino con sus aromas y caricias en la nariz… Y ahora, mucha calma. Se bebe despacio, con fruición, “paladeo casi literario”, abrigando la copa con las dos manos como si fuera posible aún expri
mir un poco más el contenido y sacar más perfume, más vida. Calma, cuantos más tragos, más elegante. La prisa y el estrés no son elegantes. Proust escribió sobre la madalena porque no había probado el brandy, pues se puede descomponer en planos y descifrar o describir cada uno con lentitud, recreándose en cada matiz. Todo escritor que escribe afanosamente se detiene ante la degustación de un buen brandy como si estuviera pasando la mano por in terciopelo. Es una tentación irresistible. Es el comienzo del masaje que terminará felizmente.

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